Si te toca elegir el vino para un matrimonio —propio o como regalo— la lógica es la de las multitudes: versatilidad y celebración. El espumante es el eje: brindis, aperitivos y pista de baile. Para la cena, el dúo infalible es un blanco con cuerpo (Chardonnay) y un tinto de perfil amable (Pinot Noir o Merlot) que acompañen los platos sin exigir atención.
Como regalo a los novios, la jugada memorable es una botella de guarda con una nota: "ábranla en su quinto aniversario". El vino que espera vale doble.