El vino de after office tiene un solo requisito: que no exija nada. Opciones frescas y fáciles: un Sauvignon Blanc frío, un rosado, un espumante o un tinto ligero como el Cinsault o el País. Es la copa que acompaña el final del día, no una cata: la gracia está en la descompresión, no en el análisis.