Hay tres conceptos que aparecen en todas partes cuando se habla de vino. Suenan técnicos, pero se explican con cosas que ya conoces: leche, limón y té.
Cuerpo: la analogía de la leche
El cuerpo es cuánto "pesa" el vino en la boca. Piensa en la diferencia entre agua, leche descremada, leche entera y crema: no saben igual, pero sobre todo no se sienten igual. Un Pinot Noir es leche descremada; un Cabernet de guarda es crema. ¿Para qué sirve saberlo? Para el balance: comida liviana pide vino liviano; comida pesada pide vino con peso. Un vino liviano con un estofado desaparece; un vino pesado con una ensalada la aplasta.
Acidez: el limón invisible
La acidez es la sensación de frescura que hace salivar. Muerde un limón: eso. Un vino no necesita saber a limón para producir ese efecto. La acidez es la herramienta más útil del maridaje: corta la grasa (por eso el espumante funciona con frituras), responde a comidas ácidas (ceviche, tomate) y refresca en días de calor. Los vinos de acidez alta: Sauvignon Blanc, Albariño, Riesling, espumantes.
Taninos: el té cargado
Deja una bolsita de té diez minutos en la taza y toma un sorbo: esa sensación seca y áspera en encías y lengua son taninos. En el vino vienen de las pieles y semillas de la uva (y de la madera). Por eso casi solo los tintos los tienen: son los únicos que fermentan con pieles. Poco tanino = vino suave y fácil (Merlot, Pinot Noir). Mucho tanino = estructura y sequedad (Cabernet, Tannat). El dato de oro: la grasa y la proteína de la carne suavizan los taninos. Por eso un Cabernet "duro" se vuelve sedoso con un bistec.
Cómo usarlos juntos
Comida grasa o frita → acidez alta. Carne roja → taninos bienvenidos. Comida delicada → cuerpo ligero y taninos bajos. Comida intensa → cuerpo y estructura. Con esas cuatro frases acabas de aprender el núcleo del maridaje.

