Es la consecuencia más visible y menos discutida del vino tinto: la sonrisa morada. La culpa la tienen tres cómplices: los antocianos (los pigmentos de la piel de la uva que dan el color), los taninos (que ayudan a fijar esos pigmentos a la superficie del diente) y la acidez (que ablanda levemente el esmalte y lo hace más receptivo a las manchas).
Cómo minimizar el daño
No te cepilles justo antes: el cepillado previo deja el esmalte más poroso. Mejor cepillarse una hora antes.
Come mientras tomas: la comida estimula la saliva (el limpiador natural) y los quesos y carnes crean una película protectora. Por eso la sonrisa morada es más feroz en cata con hambre que en asado con choripán.
Agua entre copas: hidrata y enjuaga. Simple y efectivo.
No te cepilles justo después: con el esmalte ablandado por la acidez, el cepillo puede dañarlo. Espera al menos 30 minutos.
Y si la mancha ya está: chicle sin azúcar, agua, y la certeza de que desaparece sola. La sonrisa morada es el precio temporal de una buena sobremesa —y honestamente, suele valerlo.

