El giro de copa es el gesto más parodiado del mundo del vino, y también uno de los pocos rituales con función real: oxigenar el vino y despertar sus aromas.
La ciencia del remolino
Al girar, el vino sube por las paredes de la copa y aumenta su superficie de contacto con el aire. Dos cosas pasan: se liberan los compuestos aromáticos volátiles (que suben concentrados hacia el cuello de la copa, justo donde va tu nariz) y el oxígeno empieza a suavizar el vino. Por eso un vino "cerrado" recién abierto se abre después de unos giros y unos minutos en copa.
Cómo hacerlo sin derramar ni parecer helicóptero
La técnica de los que saben: apoya la base de la copa sobre la mesa y dibuja pequeños círculos con ella. El vino gira solo, no hay riesgo de derrame y no necesitas la muñeca de barista. Cuando tomes confianza, hazlo en el aire con giros suaves del tallo. Dos o tres giros bastan; el vino no necesita mareo.
Cuándo NO girar
Con espumantes: el giro acelera la fuga de burbujas, que son precisamente lo que quieres conservar. Con vinos muy viejos y delicados: a veces el giro agresivo oxida en minutos lo que tardó décadas en construirse. En ambos casos, huele directo, sin remolino.

