Durante un siglo, el vino chileno miró al norte: Maipo, Colchagua, los grandes valles del Cabernet. Pero en los últimos quince años, la historia más emocionante del vino nacional se escribe al sur del Maule, en las laderas graníticas del Itata y el Bío-Bío.
El tesoro que siempre estuvo ahí
El sur chileno guarda uno de los patrimonios vitícolas más extraordinarios del mundo: miles de hectáreas de viñas viejas —muchas centenarias— de País, Cinsault, Carignan, Moscatel y Semillón, plantadas en secano (sin riego) por generaciones de pequeños agricultores. Durante décadas esas uvas terminaron en vinos a granel sin nombre. Hasta que una nueva generación de enólogos empezó a preguntarse qué pasaría si las trataban como lo que son: un tesoro.
El resultado en la copa
Vinos distintos a todo lo que Chile había producido: tintos ligeros, perfumados y vibrantes de Cinsault y País; Carignan de viñas viejas con acidez eléctrica (el movimiento Vigno); blancos de Moscatel y Semillón con identidad propia. Bajo alcohol, alta frescura, cuerpo ligero: exactamente el perfil que el mundo del vino está buscando.
Por qué importa para ti
Primero: son vinos deliciosos y distintos, la forma más entretenida de salir de la rutina del Cabernet. Segundo: suelen tener precios honestos por su calidad. Tercero: cada botella apoya a pequeños agricultores del secano y conserva viñedos que son patrimonio vivo. Busca las palabras clave en la etiqueta: Itata, Maule seco interior, viñas viejas, secano, Vigno. Es el Chile más chileno que existe en una botella.

