Durante décadas, el vino decente venía en botella de vidrio con corcho, y todo lo demás era sospechoso. Ese mundo ya no existe: la lata y la caja (bag-in-box) mejoraron tanto que la pregunta seria ya no es "¿es malo?" sino "¿para qué conviene?".
La lata: la formato del verano
El vino en lata tiene ventajas reales: se enfría rapidísimo, es irrompible, porcionado y perfecto para picnic, playa (donde esté permitido) y piscina. La desventaja: solo sirve para vinos jóvenes y simples (nada de guarda), y la oferta de calidad aún es limitada. Para un rosado frío al aire libre, es imbatible.
La caja (bag-in-box): la injustamente difamada
El bag-in-box tiene una ventaja técnica que la botella no puede igualar: la bolsa interior se colapsa al servir, sin que entre aire. Un vino abierto en caja dura semanas, no días. Para el vino de la semana en casa, para cocinar o para grupos grandes, es la opción más inteligente del mercado. El estigma viene de cuando solo envasaba vinos mediocres; hoy hay productores serios usándolo.
La botella: donde sigue ganando
Para guarda, para regalo, para la mesa formal y para cualquier vino con pretensión de evolución, la botella de vidrio sigue siendo insuperable: es inerte, elegante y permite el envejecimiento. El ritual también cuenta: nadie decanta una lata.
El veredicto práctico
Playa y picnic → lata. Vino de consumo semanal en casa → caja. Guarda, regalo y ocasión especial → botella. El envase no define la calidad del vino: define su uso. Y usar el formato correcto es de los que saben, no de los que snobean.

